Soy de esas que no aprovecha y luego se arrepiente. Y preferiría ser de las que aprovecha aunque después huela el fracaso o mismamente saboree el triunfo.
No soy de las que se lanzan al vuelo, de las que no tengan miedo a nada o de las que funcionen a base de impulsos.
No quiero etiquetarme en una de esas tres opciones porque simplemente no podría. No tomaré el riesgo de hacerlo.
Y ahí esta el quid de la cuestión, el riesgo. No me gusta tomarlos. No hace falta explicación. Simplemente no me gusta. Y todo por fracasar.
El otro día oí que el fracaso no es malo. Simplemente se trata de no vencer, superar y obtener. Yo no pienso igual.
La humanidad puede sentirse una fracasada. Yo individualmente puedo hacerlo también. Y no es bueno fracasar en el sentido de que no consigues tus metas. Te ayuda a crecer, eso lo sabemos todos.
Pero en esta vida hasta una borrachera te hace ser un poco más alto en todos los sentidos, ¿no?
Cuando uno saborea el arrepentimiento de no haber hecho algo puede sentirse perfectamente
fracasado.
Y cuando esa oportunidad no cazada se trata de una persona entonces puedes sentirte tonto también. Vale que no aproveches posibles éxitos. Más vendrán y en abundancia. Pero con las personas es otro mundo.
Es una sensación no recomendable el haber sentido que lo hiciste todo con alguien pero en realidad solo disteis pasos en falso. Y todo por ese miedo de arriesgarse con alguien, de poner la mano sobre el fuego por esa persona. Créeme si te digo que esa es la mayor demostración de amor que existe.
Por todo y nada, no me arrepiento de ti, me arrepiento de no haberte aprovechado como me hubiese gustado. Me doy cuenta ahora, llego tarde. Otra vez. Y variemos un poco diciéndote otra vez que me arrepiento, de verdad.
Firmado, Dile.
No hay comentarios:
Publicar un comentario