Imagina no esperar a ese impuntual cada vez que quedáis a tomar un café.
Firmado, Dile.
Todo lo que se rompe se puede arreglar.
Obviamente, no de la manera perfecta en que nos gustaría. Tan fácil no es.
Siempre nos pasa. Nos damos por vencidos en cuanto vemos que algo nos viene muy grande. En seguida nos vienen los "no puedo con ello", "es demasiado" o "ya estoy cansado", y a lo mejor ni si quiera hemos empezado.
Cualquier cosa rota: una amistad, una taza, hasta un mísero borrador, puede arreglarse. O, al menos, no dejarse descompuesto en piezas. No tirarlo a la basura.
La amistad no tiene porqué volver al estado en el que estaba antes. Pero tampoco dejarla hecha añicos.
La taza se puede pegar. Aunque no quede perfecta y se noten las grietas. Puedes darle otros usos.
Y el borrador. ¿Quién no ha partido uno por la mitad y ha seguido usándolo?
Nunca tires algo roto sin antes haber buscado su solución.
Porque quién sabe que te puede traer el arreglarlo. Sea lo que sea.
Arréglalo.
Firmado, Corre.
Hoy me he dado cuenta de cuán poca paciencia tengo. No sé esperar, lo tengo comprobado. Y puede que mucho sea mi carácter, pero seguramente también sea culpa de la sociedad. Sí, ya, echamos a la sociedad la culpa de todo y no nos damos cuenta de que formamos parte de esa dichosa sociedad de la que tan mal hablamos.
Falta de paciencia en la fila del supermercado, falta de paciencia al recibir correspondencia, falta de paciencia al empezar la película en el cine. Y no solo a nivel ciudad, sino también en las relaciones interpersonales. El querer que ocurra algo ya de ya, porque lo necesitas. Y lo peor de todo, una vez que lo tienes viene la decepción, esa extraña sensación que tantas veces he experimentado: ¿tanto he esperado y luchado para...esto? ¿Es lo que realmente quería? Y no, no te llena.
Dicho esto, podría definirme como alguien impaciente e inconformista. ¡Y qué bonitos defectos eh!
Pienso que tal vez esto me haga, en pequeña medida, competente.
Algo propio de mi padre en estas ocasiones sería decir: todo sin abusar es bueno. No sé de donde se sacó tan maravilloso proverbio pero si sé que me acompañará de por vida.
Ser competente no solo incluye al prójimo sino también te incluye a ti. Consiste en fijar unos objetivos e intentar conseguirlos, superándote a ti mismo, siendo cada vez mejor y eso es estupendo. Para ello hay que tener eso que, a mí y a muchos más, tanta falta nos hace, paciencia. Una vez que consigamos controlarnos lograremos todo lo que nos propongamos y, por tanto, estaremos aún más cerca de nuestra felicidad.
Firmado, Ve.