Hoy me he dado cuenta de cuán poca paciencia tengo. No sé esperar, lo tengo comprobado. Y puede que mucho sea mi carácter, pero seguramente también sea culpa de la sociedad. Sí, ya, echamos a la sociedad la culpa de todo y no nos damos cuenta de que formamos parte de esa dichosa sociedad de la que tan mal hablamos.
Falta de paciencia en la fila del supermercado, falta de paciencia al recibir correspondencia, falta de paciencia al empezar la película en el cine. Y no solo a nivel ciudad, sino también en las relaciones interpersonales. El querer que ocurra algo ya de ya, porque lo necesitas. Y lo peor de todo, una vez que lo tienes viene la decepción, esa extraña sensación que tantas veces he experimentado: ¿tanto he esperado y luchado para...esto? ¿Es lo que realmente quería? Y no, no te llena.
Dicho esto, podría definirme como alguien impaciente e inconformista. ¡Y qué bonitos defectos eh!
Pienso que tal vez esto me haga, en pequeña medida, competente.
Algo propio de mi padre en estas ocasiones sería decir: todo sin abusar es bueno. No sé de donde se sacó tan maravilloso proverbio pero si sé que me acompañará de por vida.
Ser competente no solo incluye al prójimo sino también te incluye a ti. Consiste en fijar unos objetivos e intentar conseguirlos, superándote a ti mismo, siendo cada vez mejor y eso es estupendo. Para ello hay que tener eso que, a mí y a muchos más, tanta falta nos hace, paciencia. Una vez que consigamos controlarnos lograremos todo lo que nos propongamos y, por tanto, estaremos aún más cerca de nuestra felicidad.
Firmado, Ve.
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